martes, 1 de agosto de 2017

Ojalá.

Quizás no fui lo que necesitabas en ese momento, ni supe entender tus razones. O simplemente yo no era del tipo que te gustaba, pero ojalá solamente te hubieras quedado conmigo. A tu lado me sobraba el aire, no me hacía falta respirar. 

Ahora, te has convertido en un recuerdo empañado de lágrimas; lágrimas derramadas gota a gota en silencio cuando nadie puede ver. Eras y serás era persona a la cuál nunca dejaré de querer. Sin importar lo que hagas, sin importar lo que duela, sin que importe nada en absoluto, permaneceré ahí para ti. Aunque tu no quieras, aunque no lo necesites, aunque no te importe. Porque para mí lo fuiste todo aunque yo para ti igual no fui nada. Deseaba que se parara el mundo a nuestro alrededor pero, al final, sólo se detuvo para mí.

Te echo de menos. A ti y a todo lo que venía contigo. Ojalá no hubieras dejado que me fuera. Pero ahora se ha hecho tarde, todo lo que teníamos se ha esfumado y todo lo que podríamos haber tenido se desvanece. Ojalá con tus te quiero desaparecieran mis lágrimas, ojalá consiguiera creerme todas tus palabras. Ojalá pudiera pensar en ti en pasado y que no dolieras tanto como lo haces. Simplemente ojalá. Pero aún así soy la tonta que no te puede decir adiós, que seguirá tus pasos hasta dónde la guíes, que te mantendrá en su mente y en su corazón aún cuando ya te hayas ido. 

Sin embargo, mantendré todo esto en silencio, serás mi mas duro secreto, nunca lo sabrás. 

Es mejor así.

Desearía volver a donde todo empezó.

miércoles, 12 de abril de 2017

El paso del tiempo.

Era una tarde otoñal como otra cualquiera. Era un día cálido y tranquilo de finales de octubre. No tenía nada de especial salvo por el hecho de que estaba toda la familia reunida para la celebración del nacimiento de mi primer nieto. Un revuelo innecesario, en mi opinión, pero inevitable. Lancé un bufido de desesperación mientras desviaba la vista hacia el gran ventanal que había en el fondo, ganándome una mirada de desaprobación por parte de mi mujer. Pero, entonces, recordé algo que había olvidado: el por qué de celebrar todos los acontecimientos como aquellos. Todos y cada uno de esos momentos eran motivo de fiesta. La última campanada del año, el cambio de estación, el primer latido de corazón de una vida, el "sí" con el que entregas tu vida a otra persona, cada soplido entusiasta para apagar unas velas e incluso, irónicamente, el último aliento que nos regala cada persona antes de dejar este mundo. La razón: que son momentos que nunca volverán a repetirse. Son únicos e irrecuperables, y marcan un antes y un después en nuestras vidas. Pueden implicar el inicio de algo nuevo, el final de una mala época o simplemente un punto de inflexión. Pero son importantes. Mirando a mi derecha estaba sentada la mujer de mi vida, la que me había regalado todos y cada uno de los preciosos recuerdos que atesoraba en el fondo de mi memoria. Me sonrió, y se le formaron unas pequeñas arrugas en la comisura de los labios y de los ojos. Estaba igual de hermosa que la primera vez que la vi. Las únicas diferencias eran la aparición de algunas canas en su abundante melena y las huellas en su rostro que dejaba el camino que llevaba recorrido. Y me vino a la mente nuestro primer beso, nuestros primer viaje juntos, nuestras numerosas discusiones, el día de nuestra boda, nuestro primer hijo y, ahora, nuestro primer nieto. Paseando la vista por todos los presentes era palpable que todos y cada uno de ellos disfrutaban enteramente de aquel momento de felicidad, compartiéndolo con el resto. Mi hijo dirigió la miada hacia mí y me sonrió con un asentimiento de cabeza. Y, entonces, apretando la mano de mi esposa y mirando a la pequeña criatura que dormitaba ajena a todo el ajetreo que había causado, lo comprendí. Ahora era su momento. Ahora experimentaría, poco a poco, todo lo que yo había vivido. Levanté la mirada al cielo y pensé en mis padres. Ellos también habían pasado por todo aquello. Sin embargo, el tiempo, ladrón implacable, ponía fecha de caducidad absolutamente a todo. Por ello, se debe disfrutar de todas las pequeñas cosas, por insignificantes que sean. Ya que, si no, cuando queramos darnos cuenta, quizás sea demasiado tarde. 

Mdlvs.